Dormir debería ser algo natural. Sin embargo, para muchas personas se vuelve uno de los momentos más difíciles del día ya que el cuerpo está cansado, pero la mente sigue funcionando como si todavía hubiera cosas urgentes que resolver.
A la noche pueden aparecer pensamientos que durante el día parecían controlados: preocupaciones, repasos de conversaciones, listas mentales de pendientes, errores cometidos o decisiones por tomar. Cuanto más se intenta “dejar de pensar”, más activo parece volverse todo. Así, muchas veces, junto con el insomnio, aparece la angustia: “si no duermo, mañana no voy a rendir”, “otra vez lo mismo”, “algo me pasa”.
El problema no solo es no dormir. Es lo que se arma alrededor del no dormir: ansiedad anticipatoria, miedo a la noche, enojo con uno mismo y una sensación de estar siempre cansado, incluso después de haber descansado algunas horas.
En estos casos, no se trata únicamente de dormir más, sino de cómo llegamos al momento de dormir. La calidad del descanso no empieza cuando apoyamos la cabeza en la almohada, sino mucho antes.
¿Cómo? Durante el día solemos exigirnos funcionar al máximo: trabajar, responder mensajes, cumplir horarios, sostener responsabilidades. Muchas veces, sin darnos cuenta, no hay pausas reales, ni espacios para registrar el cansancio. Y cuando llega la noche, pretendemos que el cuerpo y la mente se “apaguen” de golpe, como si fuera un interruptor.
La llamada higiene del sueño no es una serie de reglas rígidas. Es, más bien, una forma de pensar qué condiciones necesitamos para poder descansar. Pequeños gestos cotidianos que ayudan a marcar una diferencia entre el día y la noche, entre el hacer y el parar. Bajar el nivel de estímulos, disminuir el uso de pantallas antes de dormir, crear rutinas que se repitan y preparen al cuerpo y a la mente para el descanso, habilitar un tiempo de transición que le diga a nuestra mente “es hora de dormir y descansar”. Todo eso le permite al cuerpo entender que ya no tiene que estar en estado de alerta y activación.
Desde la psicoterapia, el insomnio también puede pensarse como un mensaje. A veces hay algo que no logra “apagarse”, algo que insiste cuando todo queda en silencio. Escuchar qué pensamientos aparecen a la noche, qué preocupaciones se concentran en ese momento y qué lugar ocupa el descanso en la vida de cada persona es parte del trabajo terapéutico.
Cuando las dificultades para dormir se sostienen en el tiempo, poder pensarlas puede marcar una diferencia. La psicoterapia ofrece un lugar para escuchar qué aparece cuando el descanso no llega y el cuerpo permanece en alerta, y para empezar a construir otra relación con el dormir. Hablar de lo que pasa a la noche, cuando todo se aquieta, puede ser un primer paso para empezar a descansar distinto.
Dormir no es perder tiempo. Dormir es una función vital, pero también una experiencia subjetiva profundamente ligada a cómo vivimos, cómo nos exigimos y cuánto lugar nos damos para descansar. Dormir mejor no siempre empieza en la cama. Muchas veces empieza durante el día.
Cuando el cuerpo está cansado, pero la cabeza no se apaga